La felicidad en Altas Capacidades y las crisis existenciales

Pretender definir lo que es la felicidad como si uno tuviera las respuestas definitivas sobre la vida es, como poco, presuntuoso. Este artículo no nace para dar lecciones ni para presentarse como un manual de cómo vivir. Más bien, es una reflexión personal. Una forma de ordenar pensamientos que con el tiempo se han ido sedimentando y que, tal vez, resuenen con alguien más.

Las crisis existenciales en AACC son comunes. A menudo surgen de axiomas o principios algo desajustados que tomamos como propios.

Yo pasé por ahí y lo reconduje así:

La trampa de perseguir la felicidad

Desde pequeños nos educan en la lógica del premio y el castigo. Si haces las cosas bien, te irá bien. Si haces las cosas mal, vendrán las consecuencias. En contextos religiosos esto se traduce en el cielo o el infierno. En la vida cotidiana, en que “si te esfuerzas serás feliz” o “si ayudas a los demás te sentirás mejor contigo mismo”.

Y no está mal que nos lo enseñen así al principio. A los niños no se les puede hablar en términos filosóficos demasiado complejos, y muchas veces necesitan normas sencillas. Pero el problema llega cuando crecemos y seguimos operando con esa lógica.

Hacemos lo correcto para sentirnos mejor. Ayudamos para calmar nuestra conciencia. Nos esforzamos esperando un retorno emocional. Y si no llega, nos frustramos. Porque, en el fondo, muchas de nuestras buenas acciones estaban envueltas —aunque no quisiéramos verlo— en una capa fina de egoísmo. No por maldad, sino porque nos enseñaron que ser buenos tenía recompensa.

Pero ¿y si no la hay?

¿Qué pasa cuando haces lo correcto y no viene el premio? ¿Significa que te equivocaste? ¿Que no merece la pena? ¿Que algo falló?

Con los años he llegado a pensar que no. Que no se hacen las cosas bien para ser feliz. Se hacen porque son lo correcto. Porque hay una verdad. Porque hay justicia. Porque hay algo dentro de ti que no te permite actuar de otra forma. Porque si estuvieras en el lugar del otro, te gustaría que alguien hiciera lo mismo por ti.

Y cuando eso sucede —cuando haces lo correcto sin esperar nada—, es precisamente cuando, a veces, aparece la felicidad. De puntillas. En silencio. Como un visitante inesperado.

La felicidad como consecuencia

He aprendido que la felicidad no se persigue como una meta. Que cuanto más la buscas, más se escurre entre los dedos. Que no es un destino, sino un destello. Una consecuencia natural de haber vivido con coherencia.

La felicidad no se fabrica. Se encuentra en medio de algo más grande: en un vínculo que construiste sin planearlo, en una acción que tomaste sin pensar en ti, en una tarde sin expectativas que termina siendo perfecta. Es un efecto secundario de haber estado donde tenías que estar, siendo quien debías ser.

Mi padre dijo una vez: «miro para atrás y me doy cuenta de que fui y he sido feliz. Aunque en el momento costara verlo».

Vivir en honor a algo más

Hay quien vive para encontrar sentido. Otros para dejar huella. Yo cada vez creo más en vivir en honor a algo: a la verdad, a la justicia, a la coherencia interna. No por miedo al castigo ni por deseo de recompensa. Sino porque el mundo ya tiene suficientes personas actuando por interés.

La felicidad llegará —o no— como parte del camino. Pero si te mantienes firme en lo que crees que está bien, habrá algo más fuerte que la felicidad: la paz de haber sido tú mismo sin traicionarte. Es más, creo que la felicidad tiene que ver con haberlo intentado. El resultado, no siempre es fiel al esfuerzo.

Es cierto, que recibimos una recompensa en forma de satisfacción por hacer las cosas bien, lo que refuerza generalmente que sigamos queriendo hacerlo así. Sin embargo, no debería ser el fin último.

Diría que el pensamiento debería ser: «Voy a hacer lo correcto, a pesar de que…»

Y si alguna vez tu fe tambalea o dudas sobre Dios desde hace tiempo, este pensamiento también puede ofrecer consuelo ante la muerte:


“He buscado respuestas, y esas respuestas me llevaron al agnosticismo. No es que no quisiera creer en Ti. Es que mi razón me trajo hasta aquí: a no saber si existes. He sido honesto con esa incertidumbre. Podría haber fingido una fe por miedo, pero preferí confiar en que, si realmente lo sabes todo, también sabrás que busqué con sinceridad. Y que traté de hacer el bien. Porque la brújula moral apuntaba hacia el mismo lugar que apuntas Tú.«

Si Dios es un padre —y yo también lo soy—, no juzgaría a mi hijo por haber sido coherente consigo mismo, ni querría que creyera en mi «por si acaso». Si te soy sincero, tampoco querría que mi hijo me pusiera por encima de todo. Ni querría que me adorara. Lo que querría es su felicidad.

Si somos los dos padres, y estamos hechos a imagen y semejanza, este pensamiento deberías compartirlo.

Cuando llegue el día quizá tenga miedo, pero espero poder vivir ese momento con serenidad sabiendo que no me he traicionado, y por ende, tampoco a Ti.

La coherencia de este pensamiento:

No sé si esta forma de pensar es la correcta.

Lo que sí que creo es que quitar de la ecuación cualquier interés propio de la decisión hace que te eleves a un plano superior.

Podrás decirte a ti mismo: pude equivocarme, pero no busqué mi interés.

Estoy encantado de recibir temas (melones) o comentarios para publicarlos. Cuéntame tu experiencia o abre temas interesantes.


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