Altas Capacidades y la jovialidad

Hablar de felicidad, madurez o sentido común suele implicar adoptar un tono serio, casi solemne. Pero hoy quiero hablar de otra cosa. De la jovialidad. Esa energía alegre, algo ingenua a veces, profundamente viva, que algunas personas conservan contra todo pronóstico. Y me interesa especialmente cómo esta se relaciona con las altas capacidades. Porque sí: es más común de lo que parece.

Este no es un artículo con verdades absolutas. No intento sentar cátedra sobre lo que debería ser una persona con alta capacidad intelectual. Tampoco pretendo decir que todas son iguales. Solo quiero detenerme en algo que he observado, vivido y sentido: esa mezcla extraña entre madurez precoz y niñez prolongada que acompaña a muchas personas con AACC. Ese aire de alguien que puede hablarte de filosofía y luego hacerte reír con un chiste absurdo.

Ese abuelo que todavía le va la marcha, ese adulto que disfruta jugando como un niño y haciendo el «tonto».

Un abuelo jovial puede percibirse con ternura y como ejemplo de vitalidad, pero una persona de mediana edad jovial, puede llegar a confundirse con una persona inmadura.


La jovialidad: una fuerza malinterpretada

Aquí es donde quiero poner el foco. En la jovialidad como rasgo persistente y a veces castigado. Porque vivimos en un mundo que tiende a ver la alegría espontánea, la emoción genuina o la fe en lo bueno como una forma de debilidad. Como si ser adulto implicara necesariamente volverse serio, cínico, distante, irónico.

Pero hay personas que, pese a saber mucho, eligen no renunciar al brillo. Y no lo hacen por inconsciencia, sino por convicción.


¿Ser ingenuo o elegir confiar?

Hay una palabra francesa que me gusta mucho: naïf. No tiene una traducción perfecta al castellano. Podríamos decir “ingenuo”, pero naïf tiene otra textura: es alguien que ve el mundo con una mirada limpia, desarmada, sin dobleces. Como quien, sabiéndolo todo, aún no ha querido aprender a desconfiar del todo.

Muchas personas con altas capacidades son así. A pesar de haber visto la complejidad del mundo, conservan una fe básica en la bondad, en la posibilidad de mejora, en que vale la pena decir la verdad aunque no convenga, en que tratar bien a los demás no es una estrategia sino una forma de estar.

Y sí, eso tiene consecuencias.


El castigo a la jovialidad

Ser alegre, tierno o transparente a veces se ve como un signo de debilidad. Como si fuera más inteligente quien se protege, quien ironiza, quien siempre espera lo peor. Pero… ¿y si fuera al revés? ¿Y si conservar la jovialidad fuera una forma de resistir al desencanto? ¿Y si fuera el resultado de un idealismo consciente, no de una falta de madurez?

Personalmente, me he sentido así muchas veces. Como alguien que ve perfectamente cómo funcionan las cosas, pero que repite por dentro:
“Me niego a pensar así.”
Me niego a renunciar al entusiasmo, a la ternura, a la capacidad de emocionarme.

¿No es exponerse a ser vulnerable una muestra de valentía?


Una conclusión nada solemne

La jovialidad no es un fallo del sistema. No es una traza infantil que quedó sin corregir. A veces, es una decisión profunda. Un hilo invisible que une la inteligencia con la vitalidad. Y en el caso de las altas capacidades, puede ser precisamente lo que equilibra una mente demasiado despierta.

Quizá, en lugar de avergonzarnos de ella, deberíamos reivindicarla como una forma de sabiduría emocional. Porque madurar no significa endurecerse. Y ser brillante no está reñido con seguir jugando, soñando o creyendo en las cosas buenas.

Me halaga cuando alguien me dice o espeta algo como: «qué pasa, ¿que tienes 5 años?». En ese momento es cuando me estoy dando cuenta de que estoy disfrutando como un enano.

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