La adolescencia ya es, de por sí, un cóctel explosivo. Cambios hormonales, búsqueda de identidad, necesidad de pertenencia, distancia emocional con los adultos… Si a eso le sumamos una mente que va más rápido, que se pregunta más cosas de las que puede responder, que se aburre con facilidad pero que siente intensamente, el resultado puede ser brillante o caótico. O ambas cosas a la vez.
Y es que las Altas Capacidades en la adolescencia no son una etiqueta que se guarda en el cajón hasta que pase el temporal. Al contrario: muchas veces es precisamente en esta etapa donde más se hace notar.
El espejo roto de la diferencia
Algunos adolescentes con altas capacidades han crecido sin saber que lo son, como es mi caso. Otros lo descubren precisamente en este momento, cuando empiezan a notar que algo no encaja del todo. Que no sienten igual que los demás. Que sus preguntas no tienen eco. Que sus intereses no cuadran. Que sus bromas no siempre se entienden. Que, por más que se esfuercen, a veces se sienten «demasiado» o «fuera de lugar».
No siempre es evidente. A veces lo que se ve es un adolescente distraído, desmotivado o incluso retador. Pero debajo puede haber un mundo interior en ebullición: preguntas filosóficas que parecen prematuras, crisis existenciales a los 13 años, miedo al fracaso camuflado de perfeccionismo, o simplemente una necesidad urgente de encontrar su lugar.
Porque si algo duele en la adolescencia, es no encajar. Y si algo ocurre muchas veces con las altas capacidades, es exactamente eso.
El mito del superdotado adolescente perfecto
En el imaginario colectivo, un adolescente con altas capacidades debería ser brillante, organizado, con expedientes impecables y un futuro definido antes de cumplir los 15.
Pero la realidad es otra.
Muchos van bien en clase, pero no todos. Algunos se aburren tanto que desconectan. Otros tienen ansiedad, crisis de motivación o incluso problemas de conducta. Algunos empiezan a cuestionar todo, incluso a sí mismos, hasta perderse un poco. Y casi todos, en algún momento, sienten que pensar rápido no les sirve de mucho si no saben qué hacer con todo eso que piensan.
Lo que no se suele ver es que esa intensidad, ese exceso de pensamiento, esa necesidad de coherencia y autenticidad, puede ser también una fuente de angustia. No es fácil tener una mente que nunca para cuando el mundo te pide que encajes, sonrías y no hagas demasiadas preguntas.
¿Y si en lugar de arreglarles, les escuchamos?
Muchos adolescentes con altas capacidades no necesitan más exigencia, sino más sentido. No más tareas, sino más espacio para ser. No más deberes, sino más preguntas que merezca la pena hacerse.
A veces necesitan un refugio. A veces un desafío. A veces alguien que simplemente les diga: lo que sientes es real, lo que piensas no está mal, no estás solo.
No todos los adolescentes con AACC viven esta etapa como un tormento. Algunos la disfrutan, sobre todo si han crecido en entornos que han valorado su diferencia sin convertirla en presión. Pero muchos otros necesitan guía. Y no una guía que les marque el camino, sino una que les permita encontrar el suyo sin miedo.
La paradoja del adolescente superdotado
Puede que tenga 14 años y hable de Kierkegaard, pero llore porque nadie lo ha invitado al cumpleaños. Puede que tenga ideas brillantes para cambiar el mundo, pero no sepa ordenar su mochila. Puede que tenga una madurez sorprendente para unas cosas y una fragilidad enorme para otras.
Y todo eso está bien. Todo eso forma parte del proceso.
Porque la adolescencia no es solo una etapa de paso. Es el lugar donde se ensaya el ser adulto. Y cuando a ese ensayo llega alguien con altas capacidades, no lo hace con un guión más fácil, sino con uno más complejo. Y muchas veces sin instrucciones.
Mi experiencia en la adolescencia:
Mi adolescencia llegó antes. Supongo que como a muchas personas con AACC.
A los 12 años había fumado, bebido y besado a una chica. En 1 de ESO ya había empezado.
No siento que fuera así para el resto de mis amigos que se conformaban todavía con hacer mucho deporte. Yo ya había puesto ojo en las chicas antes, en las conversaciones profundas, en el alcohol…
Por alguna razón, sentía que «quería hacer otras cosas».
Como ya sabéis, en la primera evaluación de 1º de ESO suspendí 6 asignaturas. En una casa donde nadie suspendía (tengo 8 hermanos), esto fue una sorpresa mayúscula, mis padres me impusieron un buen castigo y durante dos años arrastré unas malas notas que me hicieron odiar el colegio.
Yo tenía otras inquietudes. Para mi las notas no eran nada importante. El colegio era aburrido. Un lugar por el que había que pasar por el aro. Me aburría todo lo académico. Me pasaba las clases haciendo dibujitos, y rellenando hojas con palabras absurdas. Hacía círuclos y rayas por todas partes.
Los libros, un desastre. No tenía ni uno. A menudo ni avisaba a mi madre de que los tenía que comprar. No hacía los deberes. No apuntaba los exámenes.
Esto dicen que puede ser habitual si has pasado toda la primaria esforzándote poco. Luego no sabes estudiar.
En 3º de la ESO cambié. Les dije a mis padres que no volvieran a hablarme de las notas. Las aborrecía. Empecé a sacar buenas notas, pero no sé ni bien cómo. Si mis padres se alegraban quería suspender.
Estuve a punto de cambiar de amigos a algunos que no me convenían. Por suerte me quedé donde estaba y poco tiempo después todos empezaron a salir como yo. Se normalizó el tema.
Recuerdo un par de amigos realmente buenos (seguro aacc) que hablaban de temas mucho más complejos. Eran crisis existenciales adolescentes. Y yo me sentía muy atraído por esa profundidad. Siempre. Simplemente les entendía. Y aunque yo era mucho más práctico buscaba lógica a mi vida.
La idea de Dios ocupó muchísimo tiempo. Iba a un colegio religioso y a medida que me hacía mayor encontraba más confuso todo.
Por entonces me hacía preguntas que nadie se hacía y que hacían contradecirse a los profesores. Era pura coherencia. Lo había pensado mucho. Pero no solía debatir. Me sentía mal por tener dudas.
Yo dudaba de todo.
Quería una vida diferente, significara lo que significara esa afirmación.
Con el tiempo, creo que todo se normalizó, y aunque siempre me aburrió el colegio, tuve muchos amigos.
Puedo decir que fui un adolescente normal en el plano social. No diría que tuve una crisis de identidad fuerte, pero sí me sentía atraído por grandes preguntas.
El gran problema fueron los estudios.
El gran problema fue el ABURRIMIENTO.
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