Es irónico pensar que alguien con altas capacidades pueda sentirse sin talento. Sin embargo, es una realidad que muchos de nosotros experimentamos. Hemos crecido bajo la percepción de que la superdotación trae consigo un abanico de habilidades evidentes y un camino claro hacia el éxito. Pero, ¿qué ocurre cuando, pese a nuestras capacidades, sentimos que “nada se nos da bien”?
Esta sensación, que puede parecer paradójica, es mucho más común de lo que imaginamos. Está arraigada en varias razones que merecen ser exploradas:
1. El talento difuso: cuando todo parece ser «aceptable»
Las personas con altas capacidades solemos tener una inteligencia transversal. Esto significa que podemos adaptarnos y desempeñarnos bien en muchas áreas, pero sin sobresalir de manera extraordinaria en ninguna. Este «vale para todo» puede generar la sensación de que no destacamos en nada, como si nuestra versatilidad fuera una maldición más que una bendición.
De niños, quizás nos dijeron que podíamos ser lo que quisiéramos, pero en lugar de motivarnos, esta posibilidad ilimitada se convirtió en una carga. ¿Cómo elegir una dirección cuando sentimos que ninguna es «la nuestra»?
En mi caso, sucedía algo curioso: Yo soy una persona cuyos hermanos eran buenos estudiantes y yo suspendí 6 asignaturas en la 1ª evaluación de la ESO. Alguien que de verdad no se cree capaz, o tiene baja autoestima, puede escuchar esa frase de que «puede ser lo que se proponga» y la interpretará como «filosofía barata». Una frase manida y muy peligrosa: «Si te esfuerzas, podrías ser lo que quieras».
2. La autoexigencia como saboteadora
Una característica común en las altas capacidades es el perfeccionismo. No basta con que algo salga bien; queremos que sea excelente, y si no lo es, no lo valoramos. Esto nos lleva a menospreciar nuestras habilidades: “Sí, se me da bien, pero no lo suficiente como para considerarlo un talento”. Esto mismo lo podía pensar con mi habilidad para el cálculo mental o el fútbol.
La autoexigencia también hace que nos comparemos con los mejores en cada área. Si intentamos aprender a tocar un instrumento, no nos medimos contra otros principiantes, sino contra músicos profesionales. El resultado: sentimos que nunca seremos lo bastante buenos.
3. La sobrestimación de lo «extraordinario»
Vivimos en una sociedad que premia los talentos extraordinarios. Si no somos genios en matemáticas o artistas prodigiosos, sentimos que nuestras habilidades no cuentan. En realidad, muchas de nuestras capacidades son más sutiles: el pensamiento rápido, la creatividad para resolver problemas o la capacidad de aprender rápidamente. Pero, al no ser habilidades «visibles», pueden pasar desapercibidas incluso para nosotros mismos. Además, no todos podemos ser el mejor en nuestra área. Es ponerse el listón demasiado alto.
4. La desconexión con el propósito personal
Otro factor clave es la falta de una vocación clara. Las altas capacidades a menudo vienen acompañadas de intereses múltiples, que cambian con el tiempo. Podemos obsesionarnos con un tema durante meses o años, solo para abandonarlo después. Esto genera la sensación de estar constantemente empezando de cero, sin avanzar realmente en ningún área.
A menudo he dicho que soy una persona polivalente. Que se hacer de todo, pero sin profundidad. Un mar de 5 centímetros de profundidad.
5. El impacto de las expectativas externas
Las altas capacidades suelen ir acompañadas de etiquetas y expectativas. “Si eres tan inteligente, deberías lograr grandes cosas” es una frase que muchos hemos escuchado. Pero, ¿qué pasa si no sentimos esa grandeza dentro de nosotros? Estas expectativas pueden generar una brecha entre lo que otros esperan de nosotros y lo que realmente sentimos que podemos ofrecer.
En mi caso nunca tuve esas expectativas de superdotado porque no fui un niño detectado de pequeño, ni que hiciera cosas extraordinarias como leer con 3 años. Así que ese peso no cargó así.
El peso que cargué fue el de unos hermanos con todos sobresalientes. Ese era el listón. Igual de exigente.
Mi padre me decía a menudo que no tenía un problema de cabeza. Sino que no me esforzaba. Pero yo no lo creía así del todo. Yo me veía que algo había mal en mi. Me sentía más tonto. Era la oveja negra. Así que cuando me decían «puedes perfectamente» solo escuchaba: «Hijo, no eres tan listo como tus hermanos, pero tengo que subirte los ánimos y te digo una mentira piadosa para que te lo creas y saques esto adelante».
Reconciliarnos con nosotros mismos
Si alguna vez has sentido que “nada se te da bien”, es importante recordar que esta sensación no define tu realidad. Tus capacidades están ahí, aunque no siempre sean evidentes o se alineen con las expectativas sociales.
Aquí hay algunas claves para reconciliarte con esta idea:
- Redefine el éxito: En lugar de medir tus talentos según estándares externos, valora lo que realmente disfrutas hacer. Quizás tu talento no está en destacar, sino en conectar ideas, personas o experiencias.
- Acepta tu versatilidad: Ser bueno en muchas cosas es un don en sí mismo. Aprovecha esta capacidad para explorar, aprender y adaptarte a nuevos desafíos.
- Busca pequeños logros: Enfócate en objetivos alcanzables y disfruta del proceso, sin esperar siempre resultados extraordinarios.
- Rodéate de apoyo: Hablar con personas que te entiendan puede ayudarte a poner en perspectiva tus capacidades y logros.
Sentir que no tienes talentos no es un reflejo de lo que eres, sino de cómo te percibes a ti mismo en un momento dado. Quizás la clave no esté en buscar lo que se te da bien, sino en encontrar cómo tus habilidades pueden contribuir al mundo de una forma única, aunque sea diferente a lo que esperabas.
Una anécdota personal:
Le he repetido a mi madre mil veces que «Nada se me da bien». Le decía que tenía muchos reflejos y que cogía muy bien las cosas cuando me las lanzaban. Así que me miró, me lanzó la mantequilla y se me calló al suelo.
Ni eso.
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