Una vez leí una frase de Pascal Bruckner que decía algo así como:
«Llega un momento en que ya sabes el sabor de casi todo.»
Este sentimiento tiene que ser muy común en la vejez, cuando ya has vivido tu vida y te quedan los últimos años. Pero también se puede experimentar mucho antes. A mi edad.
¿Habéis sentido esa sensación de que lo que os queda por vivir será una repetición de lo ya vivido? Más de lo mismo, pero con otra cara.
Has amado, sufrido, reído, creado una familia, trabajado, llorado, entusiasmado, viajado, tirado en paracaídas, nadado con tiburones, puenting… se pueden hacer muuuuchas cosas.
Y lo que viene después… no es necesariamente peor. Simplemente ya no es nuevo.
Sí, puedes viajar a otros sitios, ver otra película, aprender otro idioma o tocar otro instrumento… pero ya sabes a qué sabrá.
Sabes que «tampoco es para tanto».
Y uno se siente culpable de sentirse así y también muy solo ¿Cómo decirle a los de tu alrededor que «la vida te aburre»? Es como decirle a alguien que ser su amigo, marido, mujer, hermano, no es para tanto.
Los de tu alrededor no lo merecen. Ellos no son el problema y lo sabes. Está en ti.
Si te atreves a contarlo (no será fácil) los demás quizá te digan que por qué te «rayas». Si lo tienes todo: un trabajo, hijos, quizá un amor, salud… La vida es maravillosa.
Pero en el fondo sientes un pequeño vacío.
Entonces uno se esfuerza por mantener la ilusión en las cosas del día a día. Te obligas a verlas desde diferentes ángulos, a esforzarse para no pensar así, y, sin embargo, mientras uno se esfuerza por sonreír también empieza a preguntarse: ¿De verdad tan maravillosa es la vida? ¿Qué es lo que me pasa?¿Me acompañará este sentimiento el resto de mi vida?
Hace poco escribí:
«A medida que me hago mayor se agranda el sentimiento de soledad. No tiene nada que ver con una visión pesimista de la vida. Al revés. Siento cierta culpabilidad al sentirme así. Como si pareciera que no soy capaz de valorar lo bueno. Cada vez más raro, cada vez más yo, cada vez más auténtico, cada vez más perdido, cada vez más real, cada vez más especial. Miedo a parecerme cada vez más a esos filósofos atormentados. Como si a mi crecimiento personal le acompañara inevitablemente una persona más complicada interiormente. Demasiado complicado para mí mismo ¿Qué me espera en el futuro si con 38 pienso así? No deseo este desasosiego a nadie. Radical y confuso. Elocuente y difuso. Un poeta atormentado con miedo al futuro ¿Se puede aprender a habitar esa complejidad? Me aterra pensar que estos sentimientos crezcan. Tengo que descubrir el modo de encontrar paz entre tanto pensamiento. No deja de crecer.»
¡Que pase algo!
El pensamiento del héroe es tentador.
El deseo de hacer algo heroico, arriesgado, no es simplemente una fantasía de grandeza.
Es, muchas veces, el anhelo desesperado de sentirse vivo en algo que duela, que importe, que arda.
Salir de la rutina.
Novedad, por favor.
Cómo salir de este pensamiento:
En primer lugar aceptar que existe y no sentirse culpable por ello.
No tenemos culpa de sentir lo que sentimos, pero sí podemos decidir cómo lo afrontamos.
Es como una chispa: no puedes evitar que salte, pero puedes decidir si alimentas el fuego o lo apagas.
No te sientas mal por pensar en ello en los términos que he escrito. El primer paso es reconocer que te está sucediendo.
En segundo lugar, tal vez la pregunta no es qué me espera, sino quién puedo llegar a ser si aprendo a vivir esto sin huir. Afronta el sentimiento y no hagas como si no debieras sentirte así.
Diría, que si has experimentado este pensamiento de que «poco queda por descubrir», podrías centrarte en profundizar en las cosas que haces. Ser más consciente y radical con lo que haces con tu vida. Fijarte en los detalles. Vivir más el presente.
Se puede mirar la misma vida y ver cosas diferentes, de la misma manera que se puede mirar un cuadro de lejos, para luego acercarse y ver la infinidad de matices.
Redescubre la vida cambiando la mirada.
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