Más allá de las costuras en Alta Capacidad: Cuando el problema no son los calcetines ni los zapatos

Hay batallas matutinas que te dejan el cuerpo del revés antes incluso de que den las ocho de la mañana. Si tienes hijos, seguro que conoces el guion: las prisas, el desayuno a medio terminar, la mochila lista junto a la puerta y, de repente, el drama. En mi casa, ese drama tiene forma de prenda pequeña y aparentemente inofensiva para mis hijas: los calcetines.

«Me pica». «Tiene una bola». «La costura me hace daño». «Está torcido».

Puede que se pase 20 minutos sollozando, cambiándose, frustrada, molesta y no haya quien la saque de casa.

Es posible que te la hayas llevado en coche o a la parada del autobús descalza.

Durante mucho tiempo, confieso que perdí los nervios. Intenté razonar, compré calcetines sin costuras, cambié de marcas, probé a ponérselos del revés… Nada funcionaba. Cada mañana era una negociación agotadora que terminaba con tensión, lágrimas y un desgaste brutal.

Hasta que un día me detuve. Dejé de mirar el reloj, me agaché a su altura y la miré a la cara. Y ahí lo vi. No había rabieta, no había capricho. Su piel estaba blanca, sus ojos reflejaban una tristeza profunda, casi adulta, y una rigidez corporal difícil de explicar.

En ese instante lo entendí todo: los calcetines eran solo una excusa. El verdadero problema era cruzar la puerta del colegio.

La punta del iceberg y las Altas Capacidades

Cuando sospechas que tu hijo tiene altas capacidades, tardas un tiempo en comprender que esto no va de que saquen buenas notas o aprendan a leer antes. Va de cómo procesan el mundo. Existe un concepto llamado sobreexcitabilidad (tanto sensorial como emocional), que básicamente significa que viven la vida con el volumen al máximo.

Para un niño con esta sensibilidad, una costura mal puesta no es una molestia; es un cable pelado rozándole la piel. Pero es que, además, su cabeza va a mil por hora.

Haciendo memoria, recordé sus años en educación infantil. Aquellos episodios de pánico absoluto, de aferrarse a mi pierna como si le fuera la vida en ello antes de entrar a clase. El tiempo ha pasado y ese pánico ruidoso ha evolucionado. Ahora es una tristeza silenciosa, un rechazo sordo que se camufla detrás de la primera molestia que encuentra a mano antes de salir de casa. El calcetín es su válvula de escape segura. Es mucho más fácil llorar porque te aprieta el pie que verbalizar que el colegio te abruma, te aburre o te hace sentir que no encajas.

Pero es posible que nunca diga esas palabras. Puede que no sepa explicar qué le pasa.

El colegio a ojos de un niño diferente

¿Por qué ese rechazo? El aula puede ser un lugar hostil para ellos. A veces es el ruido ensordecedor del patio, a veces es la frustración de ir a un ritmo que no es el suyo, o la desconexión emocional con un entorno que les exige encajar en un molde demasiado estrecho. Puede que se sientan solos.

El agotamiento mental con el que vuelven a casa es real. Y el miedo a enfrentarse a otro día igual empieza a fraguarse desde la noche anterior, estallando en el momento de ponerse los zapatos.

Dejar de pelear por la costura

Desde que comprendí que el calcetín era solo el síntoma y no la enfermedad, las mañanas han cambiado en casa. No, no han dejado de ser difíciles, pero ya no peleamos.

Cuando el drama empieza, ya no insisto en que «no es para tanto». La abrazo. Le digo que entiendo que hoy todo pese un poco más. Validar su angustia no hace que el colegio desaparezca, pero al menos le demuestra que su trinchera está en casa, conmigo.

Si estás leyendo esto y tus mañanas también son una cuenta atrás llena de tensión por la ropa, el pelo o el desayuno, te invito a parar un segundo. Olvida el reloj. Mira a tu hijo a los ojos. Quizá descubras, como yo, que bajo esa costura que tanto molesta, lo que hay es un corazón asustado pidiendo un poco de tregua antes de salir a un mundo que le viene demasiado grande.

El día después del clic: ¿Qué podemos hacer?

Una vez que asumes que el problema no es el calcetín, llega el vértigo del «¿y ahora qué?». No hay varitas mágicas, pero sí hay un camino que podemos empezar a andar para aliviar su carga y la nuestra. Estas son las tres vías que nosotros hemos empezado a poner sobre la mesa:

1. Hablar con el colegio (Tender puentes, no culpabilizar)

El primer paso no es ir a la defensiva, sino en busca de aliados. Es importante pedir una tutoría para poner en común lo que pasa en casa y lo que ven ellos en el aula.

  • El contraste: A veces, los niños con altas capacidades «se camuflan» tan bien en el colegio para encajar que allí parecen estar perfectos, y explotan al llegar a casa (o antes de salir). El colegio debe saber que esa aparente normalidad le cuesta un sobreesfuerzo descomunal.
  • Pequeños cambios cotidianos: Se pueden pactar cosas sencillas para rebajar su ansiedad, como dejarla ser la «ayudante» del profesor para mantenerla motivada, o permitirle un rincón tranquilo si se siente abrumada por el ruido.

2. La evaluación y las adaptaciones curriculares

Si sospechamos de Altas Capacidades, el diagnóstico oficial del orientador del centro (o de un gabinete externo) es la llave maestra. No es para ponerle una etiqueta, sino para abrir la puerta a sus derechos educativos:

  • Adaptaciones curriculares: Si el rechazo al colegio viene del aburrimiento o de la falta de estimulación, necesita que el currículo se adapte. Esto puede ir desde profundizar en los temas que le interesan hasta la flexibilización (saltar de curso), dependiendo de lo que determinen los profesionales. El cerebro de un niño con AACC necesita alimento intelectual; si no lo recibe, se apaga o se angustia.

3. El psicólogo especializado: Cuidar las emociones

A veces nos obsesionamos con la parte académica, pero lo que a mí más me preocupa es su carita blanca por las mañanas. El apoyo psicológico es vital, pero con un matiz: debe ser un profesional experto en Altas Capacidades y Alta Sensibilidad.

  • Un psicólogo especializado no va a intentar «arreglar» a nuestra hija, porque no le pasa nada malo. Le va a dar herramientas para gestionar su intensidad emocional, para entender por qué siente las cosas «tanto» y para aprender a canalizar esa ansiedad antes de que se convierta en un calcetín molesto.

4. Nuestro papel en casa: Cambiar el foco por las mañanas

Mientras las soluciones externas llegan (porque las cosas de palacio van despacio), nosotros podemos cambiar el microclima de casa:

Anticipación y calma: Preparar todo la noche antes, despertarla con tiempo para que no haya prisas y, si el calcetín vuelve a ser un problema, validar la emoción de inmediato: «Sé que hoy te cuesta ir al cole, no pasa nada, estoy aquí». Cambiar el «¡venga, deprisa!» por el «te entiendo» rebaja los niveles de cortisol (la hormona del estrés) de toda la familia.

Mi experiencia

Yo no recuerdo quejarme por los calcetines como un drama. Sé que molestaban. Recuerdo también el ruido en clase y el comedor. También el olor a lejía desinfectante algunos días en clase.

Pero no fue limitante para mí.

Sin embargo, tengo una sensación de dejavú con mi hija.

Entiendo bien su rechazo al cole. Yo tampoco quería ir. Era una especie de odio visceral en alguna época.

Me sentaba mal la leche por la mañana.

Levantarme y saber que tenía todo un día por delante en el colegio era algo que me apenaba enormemente.

Me sentía como en una cárcel 7 horas sentado.

Cuando mis amigos decían de mayores que ojalá volvieran a la época del colegio, yo les miraba confuso y decía: ni loco. Prefiero mil veces trabajar.

Salir del cole fue una liberación.

No siempre fue malo.

Yo tenía amigos, quería ir al patio y hacer deporte.

Pero si soy sincero, no he vuelto a tener una sensación tan profundamente triste como cuando veía que se repetiría durante nueve meses ir al cole a diario.

Levantarse por la mañana y sentir que ya estaba agotado antes de ir.

Estoy encantado de recibir temas (melones) o comentarios para publicarlos. Cuéntame tu experiencia o abre temas interesantes.


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *