A veces me pregunto si cuando hago las cosas bien es por altruismo o, en realidad, es un sutil egoísmo.
Y es que si no actúo de manera íntegra, el resultado es que me destruyo por dentro.
Así que en realidad, tampoco tengo opción.
¿Soy libre de hacer las cosas mal?
Un pensamiento que me ha acompañado años…
“No es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de donde esperamos nuestra cena, sino de su propio interés.”
Recuerdo que un profesor de economía, estando en el colegio, nos explicó al famoso Adam Smith con el ejemplo del panadero: “El panadero no hace pan porque sea bueno, sino porque quiere ganarse la vida. Su egoísmo es lo que hace que los demás podamos desayunar”.
Ese día se abrió un debate. En nuestro colegio religioso, muchos dijimos que las cosas también podían hacerse por altruismo, que el bien que haces repercute positivamente en ti, y que sentirse bien es una consecuencia, pero no la causa.
La diferencia era sutil, pero clave: en un caso el egoísmo es la causa, en el otro es la consecuencia.
Yo, un idealista redomado, incapaz de aceptar que el egoísmo fuese el motor humano, me rebelé contra Adam Smith.
Y, sin embargo, con los años, me pregunto si acaso había más verdad de la que yo quería admitir: quizá a veces no actúo con integridad porque sea lo correcto, sino por pura disonancia cognitiva. Me molestaría saber que tengo que hacerlo y no lo estoy haciendo.
¿No es eso un sutil egoísmo?
Una reflexión sobre libertad y hábito
Hace tiempo alguien me preguntó: ¿Quién es más libre?
¿El que por la mañana lucha cada día contra el despertador, o el que ha adquirido el hábito de levantarse a la hora sin esfuerzo?
La respuesta fue que el segundo es más libre: solo quien ha adquirido el hábito puede decidir saltárselo un día; el que nunca lo logra, es esclavo de su pereza.
Asentí entonces, pero con el tiempo entendí la trampa:
¿puede quien ha adquirido un hábito positivo dejarlo sin sentir que se traiciona?
En realidad, no. Quien ha aprendido a hacer lo correcto, queda esclavo de ese hábito. El que siempre se levanta con el despertador, quizá se sienta mal el día que vaguea.
Alguien que hace las cosas bien, «no puede» dejar de hacerlas bien sin sentirse mal por ello. Y ahí aparece la paradoja: sí podría, pero de hecho, no puede.
En el momento que hacemos las cosas bien, dejar de hacerlas genera una disonancia cognitiva que nos incomoda y nos hace de alguna manera ser «menos libres», porque molesta si no hacemos las cosas bien.
En ese momento, en el momento que molesta, en realidad el motivo que te empuja a hacer las cosas bien ¿es el altruismo, o bien un sutil egoísmo?
Un cierre inevitable
Quizá la paradoja se salve con este pensamiento: no lo hago porque si no me sentiría mal, pero si no lo hiciera, de hecho, me sentiría mal y eso me empuja a hacerlo.
El motor es altruista; la condena, que no hacerlo conlleva una disonancia cognitiva tan fuerte que me empuja igualmente a obrar bien, aunque fuera solo para no sentirme mal al no hacerlo.
Supongo que es algo bueno conseguir ser el tipo de persona que que se siente mal al no hacer las cosas bien y eso le empuja a hacerlo bien.
Tus hábitos te han hecho ser una persona que es menos capaz de hacer el mal, aunque solo sea para acallar tu conciencia.
Así que vuelvo a la misma pregunta: ¿hago las cosas bien por altruismo o por un sutil egoísmo?
¿Acaso tenemos que demonizar sentirnos bien al hacer el bien o no querer sentirnos mal y que ese sea el motor?
¿Acaso no ha sido la lucha por hacer el bien el que ha provocado que no podamos hacer el mal por pura disonancia cognitiva y eso nos empuje a hacer el bien aunque sea consecuencia de un sutil egoísmo?
Ese sutil egoísmo no es más que el hábito recordándote quien quieres ser.
Es como si te hubieras creado un amigo que te echa una mano cuando flaqueas.
Así que igual lo que llamo «sutil egoísmo», creo que muchos otros lo llaman simplemente virtud.
Has construido un hábito bueno que de alguna manera te quita libertad de hacer algo mal. Y ser esa persona lo has decido tú, así que es un acto libre.
Vaya pedaleo…
Conexión con las Altas Capacidades
En personas con Altas Capacidades Intelectuales (AACC), esto se observa con frecuencia.
Muchos describen lo mismo: una especie de sobreexcitabilidad moral (como llamaba Dabrowski), una sensibilidad especial hacia la justicia, la integridad y la coherencia.
- Disonancia cognitiva más intensa: cuando no actúan como creen correcto, el malestar es mayor que en otras personas.
- Autoexigencia ética: no se conforman con “hacerlo bien a medias”, sino que necesitan estar seguros de que han hecho lo que debían.
- Idealismo: esa tendencia a buscar coherencia entre lo que se piensa y lo que se hace, incluso cuando el entorno no lo exige.
Para alguien con AACC, la pregunta “¿soy bueno por altruismo o por egoísmo?” no es trivial.
Porque su brújula interna no les da la opción de dejar de ser íntegros: la culpa, la incoherencia o la injusticia no son solo ideas, sino vivencias intensas que les empujan a actuar.
Por eso, muchos terminan sintiendo —como yo— que no se trata de ser “bueno” como virtud exhibida, sino de serlo por pura supervivencia psicológica.
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