Las personas con Altas Capacidades suelen ser intensas, rápidas, perceptivas… y también, con frecuencia, ansiosas. No es que todas lo sean, pero la ansiedad aparece en este colectivo con una frecuencia llamativa, y por muchas más razones de las que parece.
Y lejos de lo que se pueda creer, la ansiedad no consiste en vivir «nervioso». No significa que vayamos «corriendo» por la vida. Tenemos que alejarnos del estereotipo de una persona que va como «pollo sin cabeza» de un lado a otro.
Esta es la imagen que tenía yo y no tiene nada que ver.
Lo sé porque un día iba conduciendo en el coche, y sin más, empecé a sentirme mareado, luego empezó a darme una tos seca, hasta que me vi obligado a parar el coche y dije: «¿Qué me pasa?».
Yo no lo sabía, pero eso era un ataque de ansiedad y ni siquiera hoy sé por qué me dio.
Te lo explico al final.
Vamos por partes:
1. Pensar mucho, sentir mucho, preocuparse mucho
- Las personas con AACC suelen tener una actividad mental intensa: mil pensamientos, conexiones, hipótesis, análisis, simulaciones internas…
- Esa hiperactividad mental puede volverse contra uno mismo cuando se enfoca en el miedo, el error o el futuro.
- Pensar rápido también significa anticipar riesgos rápido. Y a veces, demasiados.
2. Ansiedad anticipatoria: el futuro como amenaza
- Es un tipo de ansiedad basada en lo que podría pasar.
- La mente se adelanta, proyecta escenarios, imagina fallos, conflictos, vergüenza, dolor.
- Y no solo los imagina: los siente antes de que ocurran, como si fueran reales.
- En personas con AACC esto es frecuente porque:
- Son buenas detectando variables.
- Son hipersensibles a los matices.
- Les cuesta “desconectar”.
“¿Y si fallo?”, “¿Y si no me sale como esperaba?”, “¿Y si me juzgan?”, “¿Y si decepciono?”
3. Exigencia interna + perfeccionismo = receta para la ansiedad
- Muchos con AACC sienten que tienen que hacerlo todo bien, siempre.
- Hay un sentido del deber, del control, de no permitirse el error.
- Incluso cuando nadie les exige nada desde fuera, la presión viene de dentro.
- El problema no es querer hacer las cosas bien. Es vivirlo como una amenaza si no sale perfecto.
4. Conciencia excesiva del entorno
- Una persona con AACC puede:
- Captar expresiones sutiles.
- Intuir cambios de tono.
- Leer tensiones ocultas en una sala.
- Y todo eso se convierte en sobrecarga emocional. El mundo no “resbala”: impacta, abruma, agota.
- El exceso de empatía o la hipersensibilidad también generan ansiedad social: “¿Y si molesté?”, “¿Y si notaron que estaba incómodo?”, “¿Y si no encajo?”
5. La trampa del pensamiento complejo
- Pensar mucho y bien no siempre ayuda.
- A veces se convierte en rumiación: vueltas infinitas a un tema sin solución.
- O en sobreanálisis: querer entender y controlar todo antes de actuar.
- O en parálisis por análisis: no actuar nunca por miedo a elegir mal.
6. Alta consciencia del tiempo, del fracaso, de la vida
- Algunas personas con AACC viven con una consciencia existencial profunda:
- “Estoy perdiendo el tiempo.”
- “Nunca llegaré a lo que podría ser.”
- “¿Y si elijo mal mi camino?”
- La ansiedad existencial no siempre se ve, pero está de fondo como un zumbido constante.
7.Ansiedad por sensibilidad
A veces, la ansiedad tampoco viene de pensamientos, sino de sensaciones que otros apenas notan. Una luz demasiado intensa, un ruido repetitivo, una textura que incomoda, una conversación cruzada en una sala cerrada. Las personas con cierta hipersensibilidad sensorial (como ocurre a menudo en las Altas Capacidades) pueden sentirse desbordadas por estímulos que para los demás son neutros. Y cuando el entorno no se puede filtrar… el cuerpo lo traduce en ansiedad. Sin darte cuenta, te encoges por dentro, como si todo fuera “demasiado”.
Y no, no tienes por qué ser consciente de que pasa eso por dentro. Esa es la cuestión. Pero cuando deja de haber ruido notas que el cuerpo se relaja.
Con la edad, y solo con la edad, aprendes a gestionar esos momentos. Esto me está pasando, por esta razón.
8. La ansiedad no se nota siempre
- No todas las personas con ansiedad lo muestran con nerviosismo externo.
- A veces se manifiesta en:
- Insomnio o sueño agitado.
- Rigidez corporal o tensión muscular.
- Necesidad de control.
- Fatiga mental.
- Problemas digestivos.
- Irritabilidad o hipersensibilidad al entorno.
- En personas con AACC puede pasar desapercibida porque parecen estar “rindiendo” igual.
9. ¿Y qué se puede hacer?
- Nombrarla: saber que es ansiedad y no “ser raro” o “débil”.
- Aceptar que no todo se puede controlar.
- Entrenar la mente para parar: meditación, escritura, atención plena, deporte.
- Buscar entornos con ritmo más compatible.
- Aprender a poner el foco en el presente (difícil, pero posible).
- Pedir ayuda si hace falta. Psicoterapia, mindfulness o incluso medicación si la ansiedad es alta.
10. Ansiedad ≠ debilidad
Tener ansiedad no significa ser débil. A veces es justo lo contrario: significa que ves más, sientes más y conectas más cosas que los demás.
El reto es no dejar que esa intensidad se vuelva en tu contra.
11. Mi visión personal
Hasta que uno no vive lo que es tener ansiedad y le pone nombre, no es capaz de entender lo que significa.
Siempre me he considerado una persona despreocupada. Es algo que incluso otros han valorado en mí: esa ligereza en el trato, esa forma espontánea de ver la vida, esa capacidad para no hacer un mundo de nada. Una persona tranquila, resiliente, que relativiza.
Bueno, o al menos creía que era así. Es la imagen que he proyectado durante años. Pero ya no. Ahora me conozco mejor y creo que esa supuesta despreocupación o seguridad en mí mismo era un mecanismo de defensa.
Nunca me había visto como alguien nervioso. Inquieto, sí. Pero nervioso, no. Siempre había pensado que soy de los que mantienen la calma cuando todo se complica.
Y sin embargo, un día, yendo en coche, me dio un ataque de tos tan fuerte que tuve que parar. Mi pareja me miró y dictó sentencia: “Esto parece un ataque de ansiedad”. El médico lo corroboró.
¿Ansiedad? ¿Yo? ¿De qué?
¿Qué estaba pasando? No lo sé con certeza. Pero en cinco meses me iba a casar. No me sentía nervioso, ni lo pensaba, ni lo hablaba. Pero el cuerpo lo llevaba por dentro. Al menos, eso es lo que creo.
También recuerdo un concierto, meses antes. Sin venir a cuento, me eché a llorar. Pensé que sería por el alcohol. Pero quizá también fue por el volumen descomunal, la masa de gente, la sobrecarga sensorial. Quizá mi cuerpo ya estaba desbordado y solo encontró esa salida.
Otra vez me pasó volviendo en coche de mi despedida de soltero. Lloré. Solo, sin motivo aparente. ¿Un fin de semana intenso? ¿Demasiada emoción acumulada?
Y ahora que lo pienso… llevo mordiéndome las uñas desde pequeño. También los carrillos por dentro. Y los lápices. Siempre he tenido el estómago delicado cuando estoy nervioso.
He sentido ansiedad muchas veces. Solo que no era consciente.
Dicen que la depresión tiene que ver con el pasado, y la ansiedad con el futuro. Pero no siempre es así.
A veces no es por lo que viene, sino por lo que pasa ahora mismo: un ruido demasiado alto, un olor insoportable, una mala noche, una comida que sienta mal. El cuerpo, cuando no se cuida, habla. Y muchas veces, lo hace en forma de ansiedad.
A mí me pasa también antes de algunas quedadas lo que se llama ansiedad anticipatoria. Aunque sea con amigos de toda la vida. Aunque no haya ningún motivo aparente.
Mi mente empieza a proyectar:
Nada grave, simplemente quiero estar a la altura.
Pero ¿a la altura de qué, si son mis amigos o mi familia?
Da igual. Es un escenario distinto y mi cuerpo reacciona.
Suena ridículo. Me hablo a mí mismo:
«Javi, tranquilo, solo vas a cenar. Macho, relájate.»
Pero mi mente no obedece:
—¿Y si me tengo que quedar más tiempo del que quiero y no sé cómo irme?
—¿Y si digo una tontería?
—¿Y si saco un tema incómodo?
—¿Y si no estoy suficientemente divertido?
—¿Y si…?
Y entonces aparece esa voz traicionera:
«Igual si te quedas en casa, también estás bien.»
Y le respondo:
—¡Ni de coña! ¡Tranquilízate! No puedes ponerte así por semejante tontería.
Pero esa voz insiste, suave:
«En casa estás tranquilo, a tu ritmo. Aunque te lo pases bien, sabes que en algún momento, fuera, vas a sentirte incómodo. ¿Para qué arriesgar?»
Y otra parte de mí grita:
—¡Claro, y así no salgo nunca! ¡Me encierro en mí mismo y punto!
Y ahí empieza la guerra:
¿Estoy perdiendo la cabeza?
¿Por qué me preocupo tanto?
¿Por qué tengo más miedos que antes?
¿He cambiado yo o simplemente esto es hacerse mayor?
Es una pelea con tu propia mente. Sabes lo que está pasando. Pero no puedes pararlo.
Y cuando empieza el run-run, solo queda hacer lo que puedas:
Bajas la ventanilla del coche.
Pones música.
Y obligas a tu cerebro a salir de esa rueda.
Aunque sea solo un rato.
No sé si ahora tengo más ansiedad que antes, lo que tengo claro es que ahora sé detectarla. La odio, pero no la puedo evitar.
Solo puedo manejarla.
Me siento ridículo cuando monto semejante lío en mi cabeza por la cosa más tonta. ¿me pasaba antes? Probablemente, pero no sabía explicarlo.
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