Este texto fue escrito por una persona superdotada en un vídeo que publiqué en el canal de youtube:
Si una inteligencia por mas portentosa que sea, no puede hacerse valer en un desempeño practico, de nada sirve. Solo es ego y vanidad sin peso auténtico. Un espejismo superlativo; un coloso con pies de barro. Una antigualla. Una rémora. Yo sé por que lo digo.
Mi contestación a esa persona superdotada:
Gracias por compartir tu reflexión, que me parece muy interesante y, en muchos aspectos, válida.
Es cierto que la inteligencia, por muy destacada que sea, pierde parte de su valor si no encuentra una forma de aplicarse al mundo real o de contribuir de alguna manera. Sin embargo, creo que hay matices importantes en esta cuestión.
La inteligencia práctica, la capacidad de convertir ideas en acciones concretas, no siempre está garantizada por un alto nivel cognitivo. Pero esto no significa que una inteligencia más teórica o abstracta sea necesariamente «un coloso con pies de barro».
A menudo, las personas con grandes capacidades intelectuales enfrentan barreras externas (como falta de oportunidades, prejuicios, o desconocimiento) o internas (ansiedad, inseguridad, doble excepcionalidad) que pueden dificultar que su potencial se traduzca en resultados tangibles. Por eso es tan importante detectar y entender las AACC, así como educar a la sociedad sobre su diversidad y complejidad.
Lo que planteas toca un tema muy humano: el equilibrio entre el ser y el hacer. No todas las formas de inteligencia deben medirse por su impacto práctico inmediato; algunas tienen un valor intrínseco, como inspirar ideas, generar conocimiento o ampliar nuestra comprensión del mundo. Esto, en sí mismo, también es una forma de aplicación práctica, aunque no sea tan visible o inmediata.
Además, lo práctico no siempre es evidente. Una persona que se dedica a explorar conceptos complejos o a reflexionar profundamente puede parecer «inútil» a ojos de quienes buscan resultados inmediatos. Sin embargo, muchas veces son estas personas las que siembran las ideas que otros más adelante implementan o desarrollan. La historia está llena de ejemplos de pensadores cuyas contribuciones no fueron reconocidas hasta mucho tiempo después.
Por supuesto, entiendo el punto que planteas, y estoy de acuerdo en que una inteligencia que se queda encerrada en sí misma puede terminar siendo más una carga que una virtud. Pero creo que es importante recordar que no todo debe medirse en términos de acción directa o impacto visible.
Esto me lleva a reflexionar sobre el peligro de valorar a las personas únicamente por su capacidad de «provocar algo» o de «hacer». ¿Somos más porque aportamos más? Este pensamiento puede volverse un yugo, especialmente para alguien con altas capacidades, porque parece imponer una obligación de cambiar el mundo simplemente por ser quien es.
En mi opinión, el valor de las personas no debería medirse exclusivamente en función de su capacidad para transformar su entorno. La vida no es un progreso constante hacia adelante. ¿Progreso hacia qué? ¿Para perpetuar la especie? ¿O acaso sabemos cuál es realmente el sentido de la vida? La inteligencia no tiene que llevar consigo el peso de demostrarse al mundo, a los demás o incluso a uno mismo. Puede existir simplemente como un rasgo más de nuestra humanidad.
Un recurso que no siempre debe ser explotado o justificado.
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